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Columna de Opinión

José Saramago y las mujeres

José Saramago y las mujeres

En Saramago las mujeres figuran entre los personajes más clarividentes, intuitivos y responsables. Protagonistas privilegiadas, motores de la historia.
El escritor define define a las mujeres como “el ser humano más acabado y perfecto”

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A cien años del nacimiento del escritor portugués y Premio Nobel de Literatura José Saramago, y en un año cargado de homenajes a su obra y figura en todo el mundo, la 46ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires se hizo eco de las celebraciones con una intimista maratón de lectura que recuperó algunas voces femeninas de su obra, de la mano de intérpretes femeninas muy eclécticas desde su formación, su estilo y sus generaciones de pertenencia. El acto tuvo como protagonistas a otras dos mujeres poderosas: la viuda y albacea del escritor, Pilar Saramago, y la viuda y albacea de Jorge Luis Borges, María Kodama.

Y esto no es para nada casual si consideramos que en muchos de los libros de Saramago las figuras femeninas son las que emergen positivamente.  El mismo autor las define como “el ser humano más acabado y perfecto”.

Sin la ambición de abordar toda su obra, me detendré en su novela “Ensayo sobre la ceguera”, tal vez uno de sus textos más leído. En ella José Saramago nos presenta muchos personajes, hombres y mujeres diferentes entre sí y bien caracterizados como solo puede hacerlo la pluma de un gran escritor. Todos ellos están aislados, en cuarentena para detener un "virus" que se está propagando rápidamente provocando la pérdida del sentido de la vista. Una de esas mujeres, la mujer del médico -cuyo nombre nunca lo sabremos- será la única en toda la novela que nunca perderá el uso de la vista.

La mujer del médico se compadece y sufre por los padecimientos de su marido primero y del resto de los infectados más tarde. Finge estar ciega para ser aislada ella también, pero pronto se encontrará viendo cosas que nunca imaginó que vería. La trastorna la degradación humana, y no sólo la física e higiénica, sino sobre todo la moral. Es testigo de la maldad, de la falta de humanidad y de los verdaderos abusos, ve a su pesar la bajeza de que es capaz el hombre. Pero todas las mañanas sus ojos se abren y ven, y con el tiempo se da cuenta de que ella es la única persona con la que puede contar su esposo y un pequeño grupo de personas con las que está conectada. Será para ellos el ancla y el punto de apoyo, la justicia y la humanidad. Lleva un gran peso, pero no puede hacer otra cosa, su conciencia no se lo permite. No sabe cuánto tiempo estará así, pero no se da por vencida. Comete actos fuertes, defiende y eleva. Intenta recuperar algo de decencia a pesar del abandono que rodea a todos, es consciente de ser el único punto de referencia, el único medio de supervivencia, y acepta llevar la carga y la responsabilidad durante el tiempo que sea necesario.

La mujer del médico es tenaz, cada día pierde un trozo del mundo que conocía antes de la ceguera colectiva, pero no se rinde. Toma decisiones difíciles y acciones extremas, es el ejemplo de que una tranquila mujer de mediana edad se convierte en heroína cuando, frente a obstáculos que superar, no se detiene ante nada para seguir adelante y mantener un cierto equilibrio. Ya no hay conciencia, el orden ahora ha sido desbordado y el mundo entero está ciego a la fraternidad y altruismo, no solo a los ojos. Solo ella, que todavía nos ve y vomita dolor, sufre por el deterioro tanto físico como humano. Y después de todo lo que ha visto y sobre todo lo que ha vivido, se pregunta si no es demasiado fácil ver lo que queremos ver, cuando los ojos están funcionando. 

Las acciones de las mujeres en las novelas de Saramago tienen a menudo el poder de abrir horizontes y provocar cambios en la vida de otros personajes. Pueden y deben cuestionar, discutir y definir nuevas verdades. En este sentido trazan un nuevo camino para las personas que están a su lado. 

En Saramago las mujeres figuran entre los personajes más clarividentes, intuitivos y responsables. Protagonistas privilegiadas, motores de la historia. Se convierten en la encarnación de un liderazgo y de un poder que conquistan naturalmente, sin proponérselo, sin demagogia, sin mentiras o falas promesas, sin presiones o violencias. En todos los casos ejercen el poder sin perder los atributos típicos de su sexo: la comprensión, la delicadeza, la muestra de afecto, la educación y los cuidados de la descendencia. En definitiva, sin la necesidad de masculinizarse.

Verdaderas líderes muy lejanas a las que estamos acostumbrados a ver hoy en el poder o encabezar grupos feministas.

* Por Nelson Salvati


 


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