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Columna de Opinión

Sobre el lenguaje inclusivo

Sobre el lenguaje inclusivo

La decisión del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires de prohibir el uso del lenguaje inclusivo en las escuelas ha suscitado los mismos debates violentos, autoritarios, inútiles y estériles, sin entrar en el verdadero problema de la discusión.
En el caso del lenguaje, es la sociedad, la cultura, la que define su forma precisamente

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Desde hace un tiempo asistimos a la proliferación de propuestas e ideas de lo que ahora se define como lenguaje inclusivo, entendido como el uso no discriminatorio del lenguaje, uso que sí puede representar al mayor número posible de personas independientemente de sus características. Esta “inclusividad” lingüística no atañe solo a cuestiones de género sino también a la discapacidad, la etnia, la orientación sexual y todas aquellas características del ser humano que llamamos diversidad (que es sinónimo de variedad, no “diferente a la norma”, es decir, anormal), y que correría el riesgo de ser excluido de un lenguaje que quedó cristalizado en la forma adquirida en un momento histórico muy diferente al que vivimos hoy.

Sin embargo, la demanda de una mayor atención lingüística a los grupos marginados, la necesidad de garantizarles la necesaria autorrepresentación, es cada vez más objeto de críticas y condenas. Pero casi siempre falta el meollo del asunto, a saber, la necesidad de una actualización lingüística que pueda representar mejor una sociedad extremadamente fluida, hipertecnológica, e hiperconectada. El uso de la “e”, “@” u otras soluciones sugeridas hoy para remediar lo que muchas personas perciben como una carencia de nuestro lenguaje hacia el género femenino y géneros que van más allá del clásico binarismo masculino-femenino, pueden resultar poco prácticos o estilísticamente antiestético, dicen muchos. Y también todas las perífrasis que se requieren para no usar palabras y definiciones que muchas personas percibirían como discriminatorias y ofensivas, incluso eso puede ser poco práctico y conducir a resultados lingüísticamente incorrectos y estilísticamente desagradables.

Todo es cierto, pero, como decía antes, muchas veces las objeciones no consideran que sean tentativas y no actos prescriptivos, aspecto de fundamental importancia, pero casi siempre omitido por culpa. Además, aun siendo razonables desde un punto de vista "técnico", muchas críticas son culpables de benevolencia y acaban por mantener viva la discriminación y la exclusión al evitar abordar el problema que pretende resolver el lenguaje inclusivo: nuestra lengua no representa a todas las personas y, peor aún, a menudo es en sí mismo motivo de discriminación y exclusión de categorías enteras de seres humanos.

Entonces, ante esta disonancia creada por un lenguaje estructurado para expresar una sociedad que ya no existe, ¿qué hacemos? Experimentamos, como cada vez que buscamos la solución a un problema, como hace la ciencia: se realizan experimentos, y estos experimentos no necesariamente tendrán éxito. En el caso del lenguaje, es la sociedad, la cultura, la que define su forma precisamente porque el lenguaje es el medio indispensable que tiene la sociedad para comunicar noticias y transmitir información, para crear definiciones necesarias para comprender el mundo, las personas y los sentimientos, para evolucionar.

La crítica "técnica" de quienes estudian cuestiones del lenguaje es fundamental, como lo es la crítica irritada de la persona común, pero debemos distinguir entre las objeciones al experimento específico y aquellos relacionados con el cambio social a partir de los cuales se desencadenó la experimentación. Porque en el primer caso sería una crítica constructiva que podría ayudar a llegar a mejores y más compartidas soluciones, pero en el segundo caso es claramente no querer ver (y no querer solucionar) el problema.

El lenguaje, como hemos dicho, está en constante evolución, y sería una tontería negarlo: hoy nadie soñaría con hablar como lo hacían nuestros bisabuelos o nuestros antepasados ​​hace dos, trescientos, quinientos años. Un idioma evoluciona por muchas razones, por ejemplo, debido a eventos aleatorios (un poco como mutaciones genéticas), pero los cambios más importantes son precisamente aquellos impulsados ​​por el cambio en la sociedad. En general, cuanto mayor es la difusión y el uso de la lengua (en términos de usuarios), mayor es la tendencia al cambio, precisamente porque un mayor número de individuos con diferentes antecedentes culturales interactúan a través de una lengua común.

Volviendo a lo que ocurre hoy en día con respecto al lenguaje inclusivo, quizás el problema sea precisamente el tipo de cambio que se está produciendo, un cambio que pone en entredicho la primacía de la mayoría, su poder de decisión sobre la representación de los grupos minoritarios. Por lo tanto, no es el método, es decir, la experimentación en sí, lo que molesta tanto, sino el propósito de esta investigación, de estos intentos, es decir, una redistribución del poder también desde el punto de vista lingüístico.

El problema detrás de tanta oposición, por tanto, no es que no se cambie el lenguaje, porque hemos visto que esto sucede inevitablemente desde que empezamos a comunicarnos a través del lenguaje, sino que los cambios no deben cuestionar el statu quo, que no deben socavar el poder de la mayoría; que no se debe cuestionar el ya trasnochado y nefasto ideal de normalidad que nos enjaula en vidas decididas por medias aritméticas y estadísticas.

Este es el verdadero problema: no el cambio en sí mismo, sino la posibilidad de que haga incluso a aquellos grupos que hasta ahora estaban excluidos, protagonistas de la narrativa colectiva. Algo que para algunos representaría un peligroso paso hacia una convivencia igualitaria de las distintas expresiones del ser humano, convivencia que va más allá del paternalismo de una inclusión en la que siempre y sólo la llamada mayoría es la que decide.

*Por Nelson Salvati


 


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